Se dice que es necesario tener algún tipo de hobby para poder soportar los látigos de la vida; algo en lo que estoy completamente de acuerdo.

Mi hobby, desde hace ya mucho tiempo, es el estudiar los orígenes de las leyendas populares y folklóricas, así como el llegar a la raíz de su origen.

A lo largo de mi vida he estudiado profundamente las raíces de varias leyendas, como la del Chupa cabras, Pie Grande, El Gorila de las nieves, así como  varios animales de proporciones mayúsculas y anormales.

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Este verano decidí estudiar a otro ser legendario y mítico, así como todo el mito creado alrededor de su figura; dicho ser es el mismo Drácula.

Para encontrar algo sobre este fantástico ser, habría que cruzar todo un océano y la mitad de un continente, hasta llegar a la mismísima provincia de Transilvania, localizada en el corazón de los montes carapatos, una región que se dice no ser conocida por Dios.

Esta zona del mundo es famosa por ser una tumba llena de leyendas y supersticiones,  donde la gente verdaderamente cree en la figura del vampiro.

Un par de meses antes de mi larga visita, encontré una capsula en las noticias rumanas hablando sobre una aldea donde sus habitantes amanecían muertos y sin ninguna gota de sangre en su cuerpo, algo que se le adjudicaba a la actividad de un vampiro.

Después de tres semanas de búsqueda, los aldeanos decidieron desenterrar el cuerpo de una mujer que había muerto hacía ya un año, ya que muchas personas habían reportado verle vagando por el bosque a las jóvenes horas de la madrugada; muchos le culpaban de ser un vampiro.

Al desenterrar a aquella mujer, con más de un año de muerta, los aldeanos la encontraron fresca y libre de la corrupción de la descomposición del cuerpo, que comienza al tercer día después del fallecimiento. Además le encontraron gotas de sangre fresca en la orilla de los labios.

Nunca se supo si esta mujer en verdad era un vampiro o solo un fenómeno demasiado extraño; sin embargo, le clavaron una estaca en el corazón, le llenaron la boca con dientes de ajo, la quemaron y sus cenizas las depositaron en el Danubio.

Esta historia hizo mi búsqueda mucho mas interesante  y debo aceptar que una vez ahí uno duda de todo.

Mi viaje comenzó con un largo vuelo desde México hasta Bucarest, un proceso que me tomó unas tres escalas.

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Al llegar a la capital rumana, me di cuenta de que ahí el aire es distinto, como si el pasado nunca se hubiera metido a la cueva de su condena, ya que las huellas de guerras y revoluciones pasadas están muy bien plasmadas en la fachada de muchos de sus edificios.

Al fin, después de pasar un par de días en Bucarest, yo y dos acompañantes que ahí ya me esperaba zarpamos para el noroeste, hasta llegar a los montes Cárpatos, muy cerca de la frontera con Moldavia.

Nuestro equipaje era poco, ya que solo llevábamos algo de ropa, tiendas de campaña bastante modestas y un par de sillas plegables donde poder sentarnos para admirar el pintoresco paisaje de aquellas montañas.

Al pasar de tres semanas, había ido ya al castillo y a la tumba del verdadero Vlad Dracula, así como a muchos monasterios perdidos en las cumbres de las montañas, con monjes que afirmaban de la existencia de seres oscuros en busca de las almas de los hombres.